Malaria millonaria.

Semanas atrás, todos los que significan algo en el ámbito de la salud global se congregaron en Nueva York para una serie de reuniones coronadas por la Asamblea General de Naciones Unidas. Ahí se reveló el programa más ambicioso en medio siglo para combatir la malaria, una enfermedad que provoca la muerte de al menos un millón de personas por año.
El Plan de Acción Global Contra la Malaria (GMAP, por su sigla en inglés), establece en detalle lo que las autoridades de la salud esperan lograr no solo en los próximo 5 o 10 años, sino en los próximos 50. El encuentro no solo congregó a grandes autoridades del mundo de la salud. Entre la multitud, se destacó uno de los encuentros. Bono, la estrella del rock militante, estuvo para “dar el tono” y Jeffrey Sachs, el economista, profesor de la Universidad de Columbia y pensador clave de los esfuerzos de lucha contra la pobreza, dio su apoyo.
El clima de cooperación de la reunión estuvo en claro contraste con un encuentro con menos concurrencia y por momentos más combativo, realizado hace casi un año en Seattle, donde la Fundación Bill & Melinda Gates reunió, por primera vez en una misma sala, a la mayoría de los principales investigadores de la malaria y autoridades sanitarias del mundo. En el corazón de los debates estuvo un gran tema: pensar en grande e intentar erradicar la enfermedad, como se hizo con la viruela, u optar por lo que pareció la vía más realista de controlarla. En el segundo día del encuentro, Melinda Gates dio la respuesta definitiva. “El mundo enfrenta ahora una oportunidad histórica, no solo de dar tratamientos contra la malaria o de controlarla”, indicó, e hizo mover a los participantes en sus asientos. “Se puede planificar un curso de acción de largo plazo para erradicar la malaria”. Uno de los delegados, un filántropo de una gran corporación, sostuvo que los Gates “cambiaron el partido”: donde ellos van, el mundo también va.
Después de décadas de negligencia, las naciones africanas y de Occidente ahora atacan a la malaria con un fervor lindante con la obsesión. Occidente incrementó los recursos de US$ 50 millones en 2000 a US$ 1.100 millones en el corriente año, y comienza a obtener resultados. En Etiopía, un país que en otros tiempos fue desgarrado por la enfermedad, los casos se han reducido de 9 millones por año a 1.2 millón por año, lo que constituye el nivel más bajo desde 2001. El país ahora es considerado uno de los modelos de progreso en el mundo.
El objetivo -erradicar la malaria del planeta- es audaz en sus alcances, por el simple motivo de que apunta a una de las enfermedades más resistentes. Pero, las mujeres y los hombres que buscan ese objetivo están entre los más poderosos del mundo, incluyendo al primer ministro de Gran Bretaña, Gordon Brown, el ejecutivo jefe de News Corp., Peter Chernin y Gates, quien ha definido los esfuerzos para combatir la malaria como “el fracaso más repetido en el ámbito de la salud global”. Esta vez, no tiene intención de fracasar.
Si los nuevos esfuerzos resultan exitosos, salvarán millones de vidas y ayudarán a rescatar a todo un continente de la pobreza. Según la Organización Mundial de la Salud, cada 30 segundos muere un menor por esta patología en el África Subsahariana, donde se da más del 80% de los casos. También se abrirá la puerta a futuras luchas contra muchas otras enfermedades como el VIH, la tuberculosis y la neumonía.
Por cierto, el éxito no está asegurado. La erradicación probablemente es el mayor desafío a la salud pública, debido a que requiere que el compromiso se mantenga firme, pese a que se reduzcan las tasas de infección y otras causas parezcan más apremiantes. El desarrollo de una vacuna también será una tarea intimidatoria: casi no hay antecedentes de inmunización contra algo tan artero como el parásito de la malaria. También está la dificultad de recaudar suficiente dinero para pagar todo lo que es necesario hacer. Como parte de la presentación de GMAP, los líderes mundiales comprometieron US$ 3.000 millones a la prevención de la malaria, aunque también anunciaron que para llevar a cabo completamente su plan, realmente necesitarían US$ 5.300 millones en 2009, seguidos de US$ 6.200 millones en 2010, así como US$ 900 millones adicionales cada año para investigación científica. La erradicación puede terminar siendo un lujo prohibitivo.
CAMBIO. Esta no es la primera vez que el mundo sale a combatir la malaria. Después de la Segunda Guerra Mundial, amplias fumigaciones con el pesticida DDT mataron a los mosquitos que portan el parásito en muchas naciones desarrolladas. En 1963, al menos un país en vías de desarrollo estuvo cerca de quedar libre de la enfermedad: Sri Lanka, que registró un millón de casos por año en 1955, los redujo a apenas 18. El mundo expresó regocijo y después, abruptamente, abandonó la lucha.
En el ámbito de la salud pública se cambió el curso de acción, en parte, debido a la renuencia a seguir usando DDT. Pero, el esfuerzo también fracasó porque estuvo tan cerca del éxito. Quienes trazan las políticas de salud decidieron que la tarea había terminado, antes de que realmente fuera así. “Querían usar los recursos contra otra enfermedad que tuviera más casos”, señala Kimberly Thompson, experta en análisis de riesgo de la Universidad de Harvard, que ha trabajado en las campañas de erradicación. Al haber cesado la fumigación, la malaria volvió. En 1969, Sri Lanka había pasado de 18 casos a medio millón por año. Quienes trabajan por la salud pública se retiraron desalentados. “Uno de los puntos destacados era que el esfuerzo iba a ser limitado en el tiempo”, dice David Branding-Bennett, jefe de programas de enfermedades infecciosas, de la Fundación Gates. “El mayor éxito del esfuerzo que se hizo fue erradicar a quienes combatían la malaria”.
En 2002, se produjo el cambio, al haber aparecido una nueva fuente de financiación: el Fondo Global para Combatir Sida, Tuberculosis y Malaria, que ahora es la principal fuente de recursos contra la enfermedad trasmitida por el mosquito. También hubo avances tecnológicos. En aquel tiempo, el mosquitero más eficaz tenía que ser bañado en pesticidas cada tres meses para seguir siendo eficaz. En la vida real era, en gran medida, inutilizable. A comienzos del actual siglo, los científicos desarrollaron nuevos mosquiteros con pesticidas de larga duración entretejidos en las fibras, que logran mantenerse potentes durante cinco años. Un nuevo medicamento también alcanzó prominencia: Coartem, elaborado sobre la base de una hierba china llamada artemisina. Resultó caro e inconveniente, ya que requería múltiples dosis. Pero, contrariamente a la cloroquina, dio resultado. De pronto, uno de los mayores motivos para la inacción había desaparecido. Aparecieron nuevas armas. “En el pasado podíamos decir que no teníamos mosquiteros, conocimientos científicos ni la tecnología apropiada”, indica el primer ministro Brown. “Ahora, de manera gradual, desarrollamos la capacidad científica y tecnológica, por lo que no quedaban excusas”.
OFENSIVA. La lucha contra la malaria comenzó a atraer a personalidades del mundo empresarial deseosas de hacer el bien. Raymond Chamber, un multimillonario retraído, habló con Sachs sobre el problema. “Jeff me mostró las fotos de niños muy pequeños que dormían en un cuarto y le comenté que eran lindos”, comenta Chambers. “Me dijo que yo no entendía. Estaban en coma a causa de la malaria y murieron”. Comenzó a pensar que la malaria provocaba un genocidio a raíz de la apatía y decidió participar de la lucha. Mientras, Chernin, el CEO de News Corporation, se había convertido en presidente de No Más Malaria, y movió toda su influencia profesional. En 2007, logró que los productores de un episodio de American Idol, que iba a recaudar fondos para obras de caridad, enfocara la malaria. La segunda gran ofensiva mundial para erradicar la enfermedad avanzaba con todo vigor.
En la actualidad, Etiopía no es la única historia de éxito. Muchos otros países han diseñado sus propios planes y utilizan dinero de donantes para financiarlos. Eritrea, Santo Tomé y Príncipe, y Zanzíbar han reducido las muertes a causa de la malaria en 50% desde el año 2000. Un incremento por diez del número de mosquiteros en Kenia derivó en un abatimiento del 44% en la mortalidad infantil. Hasta Ruanda, pese a su lóbrega historia reciente, afirma que logró reducir en dos tercios las muertes por esta enfermedad.
ESPERANZA. De cualquier manera, no todas las noticias que surgen de África son buenas. Los niveles de cobertura -la medida de cuántas personas se benefician de los mosquiteros y la fumigación con pesticidas- en muchos países se sitúa en 10%. En dos naciones -la República Democrática del Congo y Nigeria- la situación es especialmente lóbrega. Los dos países tienen escaso presupuesto de salud. Congo distribuye mosquiteros por camión, bicicleta y canoa, pero aun así es vulnerable. Y, como se dice comúnmente, “los mosquitos no respetan fronteras”. Todo el continente podría retroceder.
Con la finalidad de tener éxito a largo plazo, los científicos deberán desarrollar nuevos medicamentos y una vacuna. La investigación de medicamentos muestra cierto potencial. Lamentablemente, la malaria, en definitiva, evolucionará alrededor de cualquier nueva droga que se use para combatirla, por lo que el uso general de un medicamento da resultado durante un tiempo. Sin una vacuna, el mundo estará condenado a un ciclo interminable de estallidos. Y para la OMS, casi la mitad de la población mundial, unos 3.200 millones de personas, corre el riesgo de contraer la enfermedad.
Hay motivos para tener esperanza en el desarrollo de una vacuna. “Sabemos que hay potencial para crear una respuesta inmunológica, porque nuestros organismos lo hacen si son asaltados por esa enfermedad de manera reiterada durante la niñez”, sostiene Sachs. Sin embargo, cómo el cuerpo humano construye esa inmunidad todavía es un misterio. Nunca existió una vacuna contra una enfermedad parasitaria, y menos para una tan compleja como la malaria. En la actualidad, hay más de 30 candidatos serios en proceso de desarrollo. Uno, de GlaxoSmithKline, puede avanzar a la etapa de pruebas a gran escala con humanos en África en los próximos meses. Aun así, Gates -quizás el impulsor número de la vacunación en el mundo- afirma que una vacuna probablemente no estará disponible por lo menos en dos décadas. En ese entonces, ¿quién puede saber cómo se combatirá la malaria?
La idea del plan de acción para 50 años es fortalecer la decisión de las personas para la batalla que se abordará. El informe propone un gasto fuerte en los primeros años, una estrategia que dio resultado en Etiopía. Aborda todos los países donde la malaria es una amenaza seria, pero reserva un enfoque especial para Nigeria, Congo, Etiopía, Uganda y Tanzania, que representan la mitad de las muertes mundiales de esa enfermedad.
Aunque se recauden US$ 11.500 millones, todo ese monto se use bien y las muertes se reduzcan 95% en los próximos 20 años, existe otro obstáculo: el éxito, nuevamente, generará el fracaso.
La responsabilidad de erradicación de la malaria ya no recaerá solo en los investigadores y trabajadores de la salud, sino en todo el mundo: los donantes que podrían dedicarse a otras causas, los pobladores que reciben mosquiteros y no pueden o no saben cómo usarlos de manera apropiada y los occidentales que podrían volver a olvidarse de la enfermedad y suponer que “no es un problema”. Si esta vez el mundo tiene éxito y elimina la enfermedad, todos los protagonistas deben seguir en la lucha. En lo que no hay duda alguna, es que el parásito de la malaria lo hará.
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